Las tres cruces de la montaña.
Era temprano aun según mis cálculos
ya que al ser menos de 10 de la noche no encontraba forma de dormir, mi horario
habitual a la hora de irme a la cama era de 1 de la mañana a 2 de la mañana. Nunca supe el porque pero
simplemente nunca podía dormir temprano.
Afuera el viento soplaba fuerte y podía escuchar a las lechuzas ulular
con fuerza.
En invierno era normal tener
fuertes tempestades, no era cosa extraña escuchar los susurros de la noche. Los
animales nocturnos hacían fiesta y no era para menos, ya que el verde había cubierto
las montañas desde hace días.
Mi padre siempre decía que en épocas
de invierno la magia llevaba a nuestro sector, yo nunca la vi, pero el siempre insistió
en eso. Cada noche durante mis primeros cinco años me contó historias de
encanto en la montaña una y otra vez. Pude llegar a recitar sus cuentos igual
de perfectos que él. Quizás el siempre quiso que me los aprendiera con algún fin.
Pero cuando tenia cinco, llego el
invierno fuerte por estos lados “el niño” como decía mamá arraso con todo. Papá
salió esa noche porque el río había crecido dañando los sembríos y arrastrando
los animales.
Corrí tras de él, y mi mami atrás
mío. Nuestro único vecino Don Leopoldo
luchaba en los corrales amarrando a sus caballos mientras luchaba contra la
lluvia incesante. Al llegar al rió note
que era correntoso y oscuro, lleno de palos que se asemejaban a brazos que
jalaban a mi padre, él intentaba sacar a Amarilla del agua, la yegua estaba
asustada y eso le impedía nadar.
El cielo rugió y Amarilla salto más
alto en el agua sus pezuñas golpearon a mi padre mientras este intentaba
tranquilizarla, el agua del rio corría con mas fuerza... Ella relincho mas alto
y mi padre cayó. La fuerte lluvia no
impido que viera la cara de pánico de mi padre cuando la yegua pasó encima de él
para salir del rio.
Mamá llego a mi lado y profirió un
grito de terror agudo que se instalo en todo mi cuerpo. Espere por ver la cabeza
de papá salir del agua, lo ansié con toda el alma, pero el nunca se levanto de
esas aguas.
Nunca vi a Don Leopoldo llegar
solo lo vi en el agua con una soga atada a su cintura. Amarilla estaba afuera y
trotaba inquieta en el mismo lugar. Mamá a mi lado sollozaba por papá.
Él tenía que salir, yo lo
esperaba y aun así nunca volvió.
Lo encontraron días después río
abajo, según me contó María mi prima, el estaba enorme y de otro color yo nunca
mas lo pude volver a ver, mamá me lo prohibió y yo no pude negarle su petición.
Mamá con 21 años estaba sola y con una hija a la que criar.
