11 de marzo de 2013


Las tres cruces de la montaña.



Era temprano aun según mis cálculos ya que al ser menos de 10 de la noche no encontraba forma de dormir, mi horario habitual a la hora de irme a la cama era de 1 de la mañana a  2 de la mañana. Nunca supe el porque pero simplemente nunca podía dormir temprano.  Afuera el viento soplaba fuerte y podía escuchar a las lechuzas ulular con fuerza.
En invierno era normal tener fuertes tempestades, no era cosa extraña escuchar los susurros de la noche. Los animales nocturnos hacían fiesta y no era para menos, ya que el verde había cubierto las montañas desde hace días.
Mi padre siempre decía que en épocas de invierno la magia llevaba a nuestro sector, yo nunca la vi, pero el siempre insistió en eso. Cada noche durante mis primeros cinco años me contó historias de encanto en la montaña una y otra vez. Pude llegar a recitar sus cuentos igual de perfectos que él. Quizás el siempre quiso que me los aprendiera con algún fin.
Pero cuando tenia cinco, llego el invierno fuerte por estos lados “el niño” como decía mamá arraso con todo. Papá salió esa noche porque el río había crecido dañando los sembríos y arrastrando los animales.
Corrí tras de él, y mi mami atrás mío.  Nuestro único vecino Don Leopoldo luchaba en los corrales amarrando a sus caballos mientras luchaba contra la lluvia incesante.  Al llegar al rió note que era correntoso y oscuro, lleno de palos que se asemejaban a brazos que jalaban a mi padre, él intentaba sacar a Amarilla del agua, la yegua estaba asustada y eso le impedía nadar.
El cielo rugió y Amarilla salto más alto en el agua sus pezuñas golpearon a mi padre mientras este intentaba tranquilizarla, el agua del rio corría con mas fuerza... Ella relincho mas alto y mi padre cayó. La fuerte lluvia  no impido que viera la cara de pánico de mi padre cuando la yegua pasó encima de él para salir del rio.  
Mamá llego a mi lado y profirió un grito de terror agudo que se instalo en todo mi cuerpo. Espere por ver la cabeza de papá salir del agua, lo ansié con toda el alma, pero el nunca se levanto de esas aguas.
Nunca vi a Don Leopoldo llegar solo lo vi en el agua con una soga atada a su cintura. Amarilla estaba afuera y trotaba inquieta en el mismo lugar. Mamá a mi lado sollozaba por papá.
Él tenía que salir, yo lo esperaba y aun así nunca volvió.         
Lo encontraron días después río abajo, según me contó María mi prima, el estaba enorme y de otro color yo nunca mas lo pude volver a ver, mamá me lo prohibió y yo no pude negarle su petición. Mamá con 21 años estaba sola y con una hija a la que criar.    
  
  


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